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"No
tenemos derecho a juzgar la intensidad que puede poner en su obra un
grupo que graba para una compañía"
Skay Beilinson
Por razones de modificaciones frecuentes en los ACORDES Y TABLATURAS de los temas ricoteros, ofrecemos un acceso a una completa y actualizada página en la que pueden bajar lo que deseen: lacuerda.net
Fuente:
Ricardo Ragendorfer, Jorge Walrey y Rolando Graña para la revista
"El Porteño" (Octubre de 1988)
el público de los Redondos
confluye mucha gente diferente, pero todos conocen y cantan las letras
que ustedes se niegan a comentar...
Nunca hablamos de las letras. Si habláramos,
nos estaríamos privando del juego fundamental de conmoción
que buscan esas letras. La poesía de una canción de rock
está hecha para que pase a través de uno, y no para que
uno diga que quiso decir esto y no lo otro. No hay que privarse de la
riqueza de la reinterpretación. A veces las interpretaciones más
descabelladas son las más ricas. La poesía que yo hablo
pasa a través de uno y es como una visión que uno tiene
y no sabe qué tipo de significación puede lograr hasta que
es expuesta, resuena y la gente sintoniza con ella o al menos la grita
y la canta. Quizá entre el pibe muy chico que está adelante
y los viejos amigos que están en el fondo apoyados en el mostrador
bebiendo puede haber preocupaciones diferentes, pero en ese momento están
vinculados a través de una canción. Y si a esa letra le
metemos mano para hacerla una autopista, pienso que pierde lo fundamental,
que es ese enigma que genera. Puede ser que algunos no sepan de qué
hablo, pero a lo mejor un día lo entienden. Algo debe estar pasando,
porque la cantan todos y algo se enciende, se produce un estado de conmoción,
que es uno de los "objetivos" más
"ricos" que hay.
Por
Luis Chitarroni: "Oídos
Sordos"
Me dispongo a oír "La mosca y la sopa" de los Redondos.
Mi grabador, enano y disfónico, no va ayudar mucho, me temo. Para
colmo, la falta de discreción social de la moderna arquitectura
impide otro poco: un preterista repentino oye cosas cercanas en el tiempo,
y esas cosas, gracias al modesto antecedente arquitectónico, resultan
demasiado próximas en el espacio: otro oye a Los Beatles, el doble
álbum blanco. Todo parece ser así ahora (and all is always
now): la espera de un regreso, el regreso de una mueca. Me acuerdo (como
siempre a esta altura) de Pepe Romeu, el invento de los patrones del ghetto,
tribu de otra calle, y de un reportaje aparecido en la revista La bella
gente, titulado, con brillante imaginería epocal, "Entre Hendrix
y Rayuela". Mientras tanto, el primer tema de los Redondos ha comenzado.
Riffs nerviosos sobre fondo coloreado por las radiaciones de Liverpool.
Alcanzo a oír palabras que escribo con el temor imprescindible:
"preso como un animal", "Luis María", "ya
no hay más". ¿Qué importancia tienen las letras?
De lejos, la depresión de Lennon en tiempos de la heroína:
"I'm so tired", "Yer Blues", "Sexy Sadie".
Sí que la pasaba mal. Segundo tema de los Redondos. Velocidad,
velocidad y paranoia. Violencia, auxilio, spuzza. El pasado sigue llegando,
y llega, no obstante, sin oficio: la tristeza de Lennon, que engendró
la precocidad elegíaca de Alex Chilton y Chris Bell y la ironía
contestataria de Robyn Hitchcock, alcanza, satura, enseña demasiado...,
oí esas mismas palabras cantadas en tantos tiempos y lugares distintos
que resulta ya difícil buscar una remisión. En todo caso
¿es necesaria? Soy de los que creen que sí, pero no hagamos
caso, sigamos adelante. "Un poco de amor francés / no muerde
su lengua, no." "Una linda ración / con un defecto, con
uno o dos": el defecto del pasado es que nos pone al día.
Puro juego y, después el lujo, las letras de los Redondos proporcionan
una como austera precisión. Pero ¿precisión acerca
de que? Acerca de la euforia y el malestar, la desprotección de
nuestros estados de ánimo. Los discos como diarios de vida (¡vaya
si esa no es una concepción del sesenta!): la infancia y la adolescencia
se nutrieron de esas historias "crudas". "Jodiendo al personal",
también seguimos, sí. La belleza de una canción es
una pasión reciente, repentina. Las letras no hacen otra cosa que
traducir "esos momentos cruciales de nada". ¿Mentira?
¿Otra debilísima simplificación? "El acento
del barrio", le oigo cantar al Indio, "no te sale". Después,
"sos un aristócrata de cotillón. ¡Oh, este crustáceo!".
La
intriga hace historia
"La respuesta correcta a la pregunta ¿qué pasó
realmente el el sesenta? es ¿cuando en el sesenta? Y ¿dónde?
Aun los fenómenos culturales más amplios - la Totemización
de la Juventud, la fascinación pública con la sexualidad,
la adopción masiva del rock, la adopción popular de una
retórica anticonvencional
para el intercambio social - hizo irrupción en momentos y lugares
diferentes, y por razones muy diferentes."
Charles Shaar Murray, Crosstown Traffic
Me
gustan las letras de los Redondos porque "parecen" decir otra
cosa en un clima de credulidad emocional que se obstina en hacernos sentir
y pensar lo mismo porque tenemos (o "parecemos tener") las mismas
limitaciones de lenguaje. No es difícil: la manipulación
de nuestras sensaciones y estados de ánimo - practicada con alevosía
o sin ella por embajadores de la espontaneidad y la sinceridad - ha producido
una "sensación general" que, pretendiendo difundir una
experiencia conjunta, multiplica la insipidez y la anonimia. Y no es que
la anonimia tenga algo malo en sí, todo lo contrario, pero a cualquiera
le molestan los decretos. Nos queda como única defensa el recurso
de contar lo que nos pasó, y eso no puede incorporarse a la suma
de generalizaciones. Aunque cultivemos el acento del barrio, no todos
fuimos criados en el mismo kindergarten. Porque, ¿qué es
esa banalidad generalizada de "los gloriosos sesenta" y "los
penosos setenta" sino una intromisión de nuestras vidas, la
más perturbadora, la que nos condena a tener una memoria homogénea,
útil sólo para la consulta de los comunicólogos,
los empleados de una sensatez cuya única apreciasión o justificación
de la furia es su candidatura a ejemplo eficaz de disconformismo social?
¿Creen de verdad que se puede sentir o entender algo si todo se
confunde bajo un rótulo (oh, dios mío), yo también
me prometí no usar esa palabra), posmodernismo? Si alguiien anda
con ganas de sentir nostalgia, ¿son lo mismo Los Plateros y James
Brown, Jim Morrison y Tim Buckey, Led Zeppelin y Blind Faith? El decreto
de indiscriminación que parece autorizar la fórmula del
posmodernismo (segunda vez) sólo puede interesar a quienes no están
interesados en la cosa, y es lo contrario del principio de indiscriminación
algélico de los personajes de Salinger, por ejemplo, que trabajan
la protección de su área salvaje. O, lo que es peor, a los
que están profesionalmente desinteresados por la cosa: pedagogos
asalariados dispuestos a compilar una antología (pero actual, recalcó
la jefa de gabinete) de sandeces e incomprensiones. A partir de eso, sí,
"la lisa confrontación del texto que es estudiante debe leer
o conocer y su relación con la época en que fue producido".
No le debo, personalmente, ningún éxtasis a las letras de
Charly García, y puedo asegurar que, como muchos de mi barrio,
me sentí bastante decepcionado cuando aparecó en escena
Sui Generis. Pero ¿a quién contar esa historia personal?
¿Soy un monstruo por no haber entido que "Dime quién
me lo robó" hablaba de una experiencia personal y "Los
dinosaurios" de una tragedia colectiva? Las preguntas retóricas
sólo exaltan la indecencia; puedo dar también algunas respuestas.
La importancia social de un acontesimiento (como bien lo señala
Shaar Murray en su libro sobre Hendrix y su época) no es correcta
o relevante porque esté de acuerdo con la posterior interpretación
dominante, sino porque pone en situación de conflicto los valores
dominantes de la época en cuestión. Y, salvo por sus dos
ejercicios favoritos - la simplificación y la exageración
- , las investigaciones periodísticas tienen muy poco que decir.
Convenientemente amordazada sí me gusta mi víctima, podríamos
cantar en una especie de parodia lírica. Y convenientemente amordazada
nos es ofecida por los tributarios de la neocursilería.
Me gustan las letras de los Redondos (y me gustan muchísimas letras),
pero no sé si quienes gustamos de estas cosas somos capaces de
transportar (portadores obligatorios) una experiencia menos apta como
conocimiento que como nostalgia. La discución acerca de la importancia
de las letras queda cancelada a menudo por dos razones: a los referentes
nos desvían, o la ausencia de referentes nos deja bochornosamente
pegados al "me gusta porque sí". Por lo demás,
la cuestión de la validez de las letras está tan próxima
a la cuestión del pasado y nuestros afectos, que el ámbito
de la controversia suele ser la vigencia parcial de argumentos del sesenta
(años al fin de cuentas, de formación), y éstos suelen
contener sólo escenas que nacieron para el recuerdo, entretenimiento
fugaz si algo fracasó en la reunión (y algo fracasa siempre,
de modo que da lo mismo ser el memorioso o el ausente).
EL
ACENTO DEL BARRIO
"Una tipa rapaz, como te gusta a vos./esa tipa vino a consolarte./Un
poco de amor francés/no muerde su lengua, no./ (No es sincera,
pero te gusta oírla.)// Es una linda ración,/con un defecto,
con uno o dos./ y es un cóctel que no se mezcla solo.// Quiere,
si quiere más/ (ya no la engatusás)/ es una copa de lo mejor
cuando se ríe.// 'El lujo es vulgaridad' / dijo y me conquistó./
De esa miel no comen las hormigas."
Desde el comienzo, las letras de rock no han puesto en práctica
una teoría (de la fragmentación, por ejemplo), sino que
han abusado de una práctica. Esa práctica está ubicada
justo en el medio, entre los servicios de la técnica y las facilidades
del código común. El hecho se vuelve atractivo, cada vez
más atractivo, a medida que la confusión instala su artillería
del modo menos convencional. En las letras de los Redondos aparecen todos
los elementos fuertes de la lírica rockera - síntesis fulgurantes,
violencia sintáctica, elusividad - descolocados, podría
decirse, o más descolocados aún. El análisis de la
línea "De esa miel no comen las hormigas", que daría,
en una simplificación formal, un decasílabo melódicamente
cantable, no es satisfactorio.
La referencia crucial en la lírica del rock no es la estrofa sino
la línea. Esta ha sido una de las claves ("Zumbando en mi
caverna gris", "Keeping her face in a jar by the door"),
y está muy bien, ajena a las posibilidades del hermetismo y a las
agachadas demagógicas. El momento crucial del tema es precisamente
una línea que no puede sino acuñarse en los términos
más próximos al que compone y más lejanos al que
se acerque desprevenido. La línea, esto es, el grado de intensidad
de un conjunto de palabras en el momento de mayor intensidad musical.
La dicción solar del Indio pronunciando "De esa miel no comen
las hormigas" no puede descomponerse en un "trabajo de análisis".
No es raro que el rock rechace la pseudo intelectualización de
los comentaristaas. Entrar en ese corral es alquilar el tedio universitario
de por vida. La prudente formación de los críticos tendría
que evitar las débiles facilidades que presta el vocabulario facultativo.
Las categorías de Adorno o Della Volpe, por ejemplo, resultan obscenas:
un saber no consultado para la composición e inútil (a menos
que el crítico quiera hacer alarde entre párvulos) para
la más liviana o ardua comprensión.
Las letras de los Redondos se sitúan en una franja de encasillamiento
difícil. A la fuerza de resistencia de la lírica rockera
hay que agregar en este caso una serie de procedimientos irregulares,
estratégicamente efectivos, pero de combinación muy compleja.
El rock del ochenta, por lo demás, acarreó series nuevas
de registro de la experiencia, series que vinculaban el acontecer de una
realidad distinta, inexplorada. Si las canciones de Zappa (por dar un
ejemplo) fueron una especie de penicilina contra la contagiosa poesía
tipo "King Lizard" (con toda su sobrecarga de misticismo e ingenuidad),
los sarcasmos admonitorios llegaron a un punto demasiado inflexible a
mediados de la década del setenta. La gran reacción del
punk encontró en todo justo de desesperación y podredumbre.
Una característica curiosa del tipo de letras que cantaban los
Sex Pistols escriba en que la juventud de las voces cantoras no coincidía
con la experiencia que podían haber acumulado sus poseedores. Aquí,
nuevamente, estamos dentro de la tradición del blues, donde ese
mitigado fenómeno ya había ocurrido con frecuencia.
El tipo de experiencia que revelan las canciones del Indio y los Redondos
no puede sino esquematizarse de un modo grosero. La emoción y el
estado de ánimo de los jóvenes y no tan jóvenes en
una situación que tiene elementos de fiesta, de potlatch y de acto
criminal. Para transmitir esa energía, el léxico tiene que
estar a la altura de las circunstancias. Una especiosa mezcla de neologismos,
jerga carcelaria y música natural de slogans o consignas. "Mi
héroe es la gran bestia pop/ que enciende en sueños la vigilia",
canta ya el Indio en Gulp, el primer álbum. La combustión
es uno de los motivos reiterados: "Quemás tu vida en este
día/ en esta tibia, tibia fila". El grado más inmediato
de identificación es esa destreza que va de la performance del
artista al rito devocional del fan. La posibilidad de saltar de la tribuna
al escenario es tal vez el mito fundante (la vieja historia: de fan a
superstar). El modo en que el del escenario se dirige a su audiencia necesita
una dosis de modestia y de enjuiciamiento. "Si tus peligros son tan
sensatos,/ casi sin arrebatos,/ y sos prudente en la tiniebla y con los
gatos": aquí la operación se retraduce en una fórmula
astutamente candorosa; la rima efectúa ese servicio (tal como aseguraba
Beaumarchais, aquello que sería tonto si lo dijéramos, adquiere
estatuto cuando lo cantamos). Las rimas de los Redondos son a veces más
riesgosas, menos previsibles: "Flacas gimnastas de América./
Secas, austeras, soviéticas". Otro de los grandes pasos consiste
en aproximarnos a la sorpresa, pasando rápidamente de la preguta
a la respuesta explosiva. "¿Qué es lo que ves cuando
apagás la luz?", pregunta el coro de "Una pequeña
ayuda de mis amigos" y Ringo contesta: "Lo sé, pero no
puedo decírtelo: es mío". En "Ropa sucia",
el mecanismo es familiar; en lugar de pregunta naïf y respuesta onanista
hay algo parecido al vampirismo: "¿Donde usas los dientes,
mi amor?/ Clavados en el cuello, por hoy".
Los lugares donde se producen estas exaltaciones han sido circundados
ya por la gran patrulla de reconocimiento del rock. Son los lugares de
los ritos de iniciación adolescentes, los lugares a los que uno
va a reiterar la esperanza de ser joven. La ciudad es la hipótesis
de otro encierro, la cárcel ("Preso en mi ciudad"). Del
lugar común del encierro urbano se puede pasar a una afirmación
casi axiomática, exacta después del condicional: "Si
esta cárcel sigue así/ todo preso es político".
Violencia de las transiciones y los canjes, la política está
representada por personajes: "motorpsico", "tecno duque",
"Superboca/ experto del re - mundo actual". La descarga irónica
reproduce en el lenguaje del tema el prefijo insistente. La amenaza real
o virtual se dirige a los lugares de concentración, por clubes
("El club de Mantis muy nervioso está/ esas hembras no son
dulces, no"; "los impacientes del Puticlub/ perdían el
tiempo y la salud"). La salvación por la paranoia (y el tópico
de la salvación es tan habitual en las letras de los Redondos como
en los tangos de Discépolo) vuelve a ubicarnos en el circuito protegido.
La jerga no afecta, no alardea de ser incomprensible. "Está
muy Shangai" es un guiño inmediato, a pesar de que la anbigüedad
oculte matices de precisión. La comprensión del código
por parte de los protegidos produce una hermandad sin mayúsculas,
sin Misterio, sin Hermenéutica. Los desechados, los descartados
aun como rehenes son "Rockeros bonitos, educaditos". (El diminutivo
suena amenazador, como en una pendencia, como cuando Luca entonaba "Un
seudopunkito, con el acento finito".)
Salvarse del terrible dolor, de la terrible máquina que homogeneiza
sufrimiento y aburrimiento, de la amenaza nocturna que obliga a apretar
los dientes para soportar el peso de tanta vocación de hipocresía,
es una tarea conjunta, sigue atada a las responsabilidades (vale decir,
a las capacidades de respuesta) de las bandas, las tribus organizadas,
fervorosas. El amor no queda invalidado si, en las pasiones, lo sádico
y lo cínico cuentan: no se trata de amor cortés, no se trata
de (de nuevo) de reiterar los emblemas del sesenta. "Yo te quisiera
asaltar/ te voy a atornillar,/ te voy a herir un poquito más"
("Superlógico"), "puede alguien decirme, me voy
a comer tu dolor/ Y repetirme: ¡Voy a salvarte esta noche!"
("El infierno está encantador esta noche").
Todo este pequeño universo, todo este gran universo, reducido a
la comprensión dramáticamente intelectual (programas de
radio, de T.V., mesas redondas sobre los jóvenes), en el mejor
de los casos, o vapuleado groseramente por intérpretes advenedizos
(locutores con patillas, chicas sin la respuesta, ujieres contrabandeados,
serviciales) encuentra expresión y veracidad en las letras de los
Redondos . No hay mera vindicación de la marginalidad, porque los
Redondos han dado muestras cabales de que su marginalidad es más
poderosa que muchas "popularidades". Hay que interpretar ese
signo que emiten, que cruza la pantalla y produce una pequeña colisión
(aunque, curiosamente, los Redondos no son habitués de las pantallas
oficiales). Esa colisión es capaz de traer un acento nuevo a la
conocida elocuencia del rock comentado por expertos. Por medio de un discurso
desarticulado, lleno de neologismos y onomatopeyas, los sentidos alcanzan
un sentido reciente, clamoroso. Un sentido que no tiene la coherencia
ideal que le exigirían los adeptos a una semántica dictatorial.
Más cerca de Humpty Dumpty o de la Duquesa que en Alice in Wonderland
dogmatizaba: "Take care of the sense, and the sounds will take care
of themselves" ("Ten cuidado con el sentido, y los sonidos se
cuidarán por sí mismos"), los Redondos recuperan de
una vez y para siempre en el rock nacional el acento del barrio.
Recuperar el acento del barrio no es poner los puntos sobre las íes
(aunque tampoco se trate de sacarlos). Nada de eso, nada de aclarar las
cosas (que es lo que quisieran los que quisieran encerrarnos; en ese punto,
la paranoia actúa mejor: celebra nuestras alarmas ahí donde
es imposible equivocarse). Las letras de los Redondos comparten con nosotros
un distrito del disturbio donde la felicidad no está alejada de
la belleza. Quien las hace no espera, no se detiene, no apuesta al halago
o a discreto soborno. Deja sus emociones ahí, muy cerca, al alcance
de la mano de quien quiera arriesgarse.
Influye mucha gente diferente, pero todos conocen y cantan las letras
que ustedes se niegan a comentar...
Nunca hablamos de las letras. Si habláramos,
nos estaríamos privando del juego fundamental de conmoción
que buscan esas letras. La poesía de una canción de rock
está hecha para que pase a través de uno, y no para que
uno diga que quiso decir esto y no lo otro. No hay que privarse de la
riqueza de la reinterpretación. A veces las interpretaciones más
descabelladas son las más ricas. La poesía que yo hablo
pasa a través de uno y es como una visión que uno tiene
y no sabe qué tipo de significación puede lograr hasta que
es expuesta, resuena y la gente sintoniza con ella o al menos la grita
y la canta. Quizá entre el pibe muy chico que está adelante
y los viejos amigos que están en el fondo apoyados en el mostrador
bebiendo puede haber preocupaciones diferentes, pero en ese momento están
vinculados a través de una canción. Y si a esa letra le
metemos mano para hacerla una autopista, pienso que pierde lo fundamental,
que es ese enigma que genera. Puede ser que algunos no sepan de qué
hablo, pero a lo mejor un día lo entienden. Algo debe estar pasando,
porque la cantan todos y algo se enciende, se produce un estado de conmoción,
que es uno de los "objetivos" más
"ricos" que hay.
Por
Luis Chitarroni: "Oídos
Sordos"
Me dispongo a oír "La mosca y la sopa" de los Redondos.
Mi grabador, enano y disfónico, no va ayudar mucho, me temo. Para
colmo, la falta de discreción social de la moderna arquitectura
impide otro poco: un preterista repentino oye cosas cercanas en el tiempo,
y esas cosas, gracias al modesto antecedente arquitectónico, resultan
demasiado próximas en el espacio: otro oye a Los Beatles, el doble
álbum blanco. Todo parece ser así ahora (and all is always
now): la espera de un regreso, el regreso de una mueca. Me acuerdo (como
siempre a esta altura) de Pepe Romeu, el invento de los patrones del ghetto,
tribu de otra calle, y de un reportaje aparecido en la revista La bella
gente, titulado, con brillante imaginería epocal, "Entre Hendrix
y Rayuela". Mientras tanto, el primer tema de los Redondos ha comenzado.
Riffs nerviosos sobre fondo coloreado por las radiaciones de Liverpool.
Alcanzo a oír palabras que escribo con el temor imprescindible:
"preso como un animal", "Luis María", "ya
no hay más". ¿Qué importancia tienen las letras?
De lejos, la depresión de Lennon en tiempos de la heroína:
"I'm so tired", "Yer Blues", "Sexy Sadie".
Sí que la pasaba mal. Segundo tema de los Redondos. Velocidad,
velocidad y paranoia. Violencia, auxilio, spuzza. El pasado sigue llegando,
y llega, no obstante, sin oficio: la tristeza de Lennon, que engendró
la precocidad elegíaca de Alex Chilton y Chris Bell y la ironía
contestataria de Robyn Hitchcock, alcanza, satura, enseña demasiado...,
oí esas mismas palabras cantadas en tantos tiempos y lugares distintos
que resulta ya difícil buscar una remisión. En todo caso
¿es necesaria? Soy de los que creen que sí, pero no hagamos
caso, sigamos adelante. "Un poco de amor francés / no muerde
su lengua, no." "Una linda ración / con un defecto, con
uno o dos": el defecto del pasado es que nos pone al día.
Puro juego y, después el lujo, las letras de los Redondos proporcionan
una como austera precisión. Pero ¿precisión acerca
de que? Acerca de la euforia y el malestar, la desprotección de
nuestros estados de ánimo. Los discos como diarios de vida (¡vaya
si esa no es una concepción del sesenta!): la infancia y la adolescencia
se nutrieron de esas historias "crudas". "Jodiendo al personal",
también seguimos, sí. La belleza de una canción es
una pasión reciente, repentina. Las letras no hacen otra cosa que
traducir "esos momentos cruciales de nada". ¿Mentira?
¿Otra debilísima simplificación? "El acento
del barrio", le oigo cantar al Indio, "no te sale". Después,
"sos un aristócrata de cotillón. ¡Oh, este crustáceo!".
La
intriga hace historia
"La respuesta correcta a la pregunta ¿qué pasó
realmente el el sesenta? es ¿cuando en el sesenta? Y ¿dónde?
Aun los fenómenos culturales más amplios - la Totemización
de la Juventud, la fascinación pública con la sexualidad,
la adopción masiva del rock, la adopción popular de una
retórica anticonvencional
para el intercambio social - hizo irrupción en momentos y lugares
diferentes, y por razones muy diferentes."
Charles Shaar Murray, Crosstown Traffic
Me
gustan las letras de los Redondos porque "parecen" decir otra
cosa en un clima de credulidad emocional que se obstina en hacernos sentir
y pensar lo mismo porque tenemos (o "parecemos tener") las mismas
limitaciones de lenguaje. No es difícil: la manipulación
de nuestras sensaciones y estados de ánimo - practicada con alevosía
o sin ella por embajadores de la espontaneidad y la sinceridad - ha producido
una "sensación general" que, pretendiendo difundir una
experiencia conjunta, multiplica la insipidez y la anonimia. Y no es que
la anonimia tenga algo malo en sí, todo lo contrario, pero a cualquiera
le molestan los decretos. Nos queda como única defensa el recurso
de contar lo que nos pasó, y eso no puede incorporarse a la suma
de generalizaciones. Aunque cultivemos el acento del barrio, no todos
fuimos criados en el mismo kindergarten. Porque, ¿qué es
esa banalidad generalizada de "los gloriosos sesenta" y "los
penosos setenta" sino una intromisión de nuestras vidas, la
más perturbadora, la que nos condena a tener una memoria homogénea,
útil sólo para la consulta de los comunicólogos,
los empleados de una sensatez cuya única apreciasión o justificación
de la furia es su candidatura a ejemplo eficaz de disconformismo social?
¿Creen de verdad que se puede sentir o entender algo si todo se
confunde bajo un rótulo (oh, dios mío), yo también
me prometí no usar esa palabra), posmodernismo? Si alguiien anda
con ganas de sentir nostalgia, ¿son lo mismo Los Plateros y James
Brown, Jim Morrison y Tim Buckey, Led Zeppelin y Blind Faith? El decreto
de indiscriminación que parece autorizar la fórmula del
posmodernismo (segunda vez) sólo puede interesar a quienes no están
interesados en la cosa, y es lo contrario del principio de indiscriminación
algélico de los personajes de Salinger, por ejemplo, que trabajan
la protección de su área salvaje. O, lo que es peor, a los
que están profesionalmente desinteresados por la cosa: pedagogos
asalariados dispuestos a compilar una antología (pero actual, recalcó
la jefa de gabinete) de sandeces e incomprensiones. A partir de eso, sí,
"la lisa confrontación del texto que es estudiante debe leer
o conocer y su relación con la época en que fue producido".
No le debo, personalmente, ningún éxtasis a las letras de
Charly García, y puedo asegurar que, como muchos de mi barrio,
me sentí bastante decepcionado cuando aparecó en escena
Sui Generis. Pero ¿a quién contar esa historia personal?
¿Soy un monstruo por no haber entido que "Dime quién
me lo robó" hablaba de una experiencia personal y "Los
dinosaurios" de una tragedia colectiva? Las preguntas retóricas
sólo exaltan la indecencia; puedo dar también algunas respuestas.
La importancia social de un acontesimiento (como bien lo señala
Shaar Murray en su libro sobre Hendrix y su época) no es correcta
o relevante porque esté de acuerdo con la posterior interpretación
dominante, sino porque pone en situación de conflicto los valores
dominantes de la época en cuestión. Y, salvo por sus dos
ejercicios favoritos - la simplificación y la exageración
- , las investigaciones periodísticas tienen muy poco que decir.
Convenientemente amordazada sí me gusta mi víctima, podríamos
cantar en una especie de parodia lírica. Y convenientemente amordazada
nos es ofecida por los tributarios de la neocursilería.
Me gustan las letras de los Redondos (y me gustan muchísimas letras),
pero no sé si quienes gustamos de estas cosas somos capaces de
transportar (portadores obligatorios) una experiencia menos apta como
conocimiento que como nostalgia. La discución acerca de la importancia
de las letras queda cancelada a menudo por dos razones: a los referentes
nos desvían, o la ausencia de referentes nos deja bochornosamente
pegados al "me gusta porque sí". Por lo demás,
la cuestión de la validez de las letras está tan próxima
a la cuestión del pasado y nuestros afectos, que el ámbito
de la controversia suele ser la vigencia parcial de argumentos del sesenta
(años al fin de cuentas, de formación), y éstos suelen
contener sólo escenas que nacieron para el recuerdo, entretenimiento
fugaz si algo fracasó en la reunión (y algo fracasa siempre,
de modo que da lo mismo ser el memorioso o el ausente).
EL
ACENTO DEL BARRIO
"Una tipa rapaz, como te gusta a vos./esa tipa vino a consolarte./Un
poco de amor francés/no muerde su lengua, no./ (No es sincera,
pero te gusta oírla.)// Es una linda ración,/con un defecto,
con uno o dos./ y es un cóctel que no se mezcla solo.// Quiere,
si quiere más/ (ya no la engatusás)/ es una copa de lo mejor
cuando se ríe.// 'El lujo es vulgaridad' / dijo y me conquistó./
De esa miel no comen las hormigas."
Desde el comienzo, las letras de rock no han puesto en práctica
una teoría (de la fragmentación, por ejemplo), sino que
han abusado de una práctica. Esa práctica está ubicada
justo en el medio, entre los servicios de la técnica y las facilidades
del código común. El hecho se vuelve atractivo, cada vez
más atractivo, a medida que la confusión instala su artillería
del modo menos convencional. En las letras de los Redondos aparecen todos
los elementos fuertes de la lírica rockera - síntesis fulgurantes,
violencia sintáctica, elusividad - descolocados, podría
decirse, o más descolocados aún. El análisis de la
línea "De esa miel no comen las hormigas", que daría,
en una simplificación formal, un decasílabo melódicamente
cantable, no es satisfactorio.
La referencia crucial en la lírica del rock no es la estrofa sino
la línea. Esta ha sido una de las claves ("Zumbando en mi
caverna gris", "Keeping her face in a jar by the door"),
y está muy bien, ajena a las posibilidades del hermetismo y a las
agachadas demagógicas. El momento crucial del tema es precisamente
una línea que no puede sino acuñarse en los términos
más próximos al que compone y más lejanos al que
se acerque desprevenido. La línea, esto es, el grado de intensidad
de un conjunto de palabras en el momento de mayor intensidad musical.
La dicción solar del Indio pronunciando "De esa miel no comen
las hormigas" no puede descomponerse en un "trabajo de análisis".
No es raro que el rock rechace la pseudo intelectualización de
los comentaristaas. Entrar en ese corral es alquilar el tedio universitario
de por vida. La prudente formación de los críticos tendría
que evitar las débiles facilidades que presta el vocabulario facultativo.
Las categorías de Adorno o Della Volpe, por ejemplo, resultan obscenas:
un saber no consultado para la composición e inútil (a menos
que el crítico quiera hacer alarde entre párvulos) para
la más liviana o ardua comprensión.
Las letras de los Redondos se sitúan en una franja de encasillamiento
difícil. A la fuerza de resistencia de la lírica rockera
hay que agregar en este caso una serie de procedimientos irregulares,
estratégicamente efectivos, pero de combinación muy compleja.
El rock del ochenta, por lo demás, acarreó series nuevas
de registro de la experiencia, series que vinculaban el acontecer de una
realidad distinta, inexplorada. Si las canciones de Zappa (por dar un
ejemplo) fueron una especie de penicilina contra la contagiosa poesía
tipo "King Lizard" (con toda su sobrecarga de misticismo e ingenuidad),
los sarcasmos admonitorios llegaron a un punto demasiado inflexible a
mediados de la década del setenta. La gran reacción del
punk encontró en todo justo de desesperación y podredumbre.
Una característica curiosa del tipo de letras que cantaban los
Sex Pistols escriba en que la juventud de las voces cantoras no coincidía
con la experiencia que podían haber acumulado sus poseedores. Aquí,
nuevamente, estamos dentro de la tradición del blues, donde ese
mitigado fenómeno ya había ocurrido con frecuencia.
El tipo de experiencia que revelan las canciones del Indio y los Redondos
no puede sino esquematizarse de un modo grosero. La emoción y el
estado de ánimo de los jóvenes y no tan jóvenes en
una situación que tiene elementos de fiesta, de potlatch y de acto
criminal. Para transmitir esa energía, el léxico tiene que
estar a la altura de las circunstancias. Una especiosa mezcla de neologismos,
jerga carcelaria y música natural de slogans o consignas. "Mi
héroe es la gran bestia pop/ que enciende en sueños la vigilia",
canta ya el Indio en Gulp, el primer álbum. La combustión
es uno de los motivos reiterados: "Quemás tu vida en este
día/ en esta tibia, tibia fila". El grado más inmediato
de identificación es esa destreza que va de la performance del
artista al rito devocional del fan. La posibilidad de saltar de la tribuna
al escenario es tal vez el mito fundante (la vieja historia: de fan a
superstar). El modo en que el del escenario se dirige a su audiencia necesita
una dosis de modestia y de enjuiciamiento. "Si tus peligros son tan
sensatos,/ casi sin arrebatos,/ y sos prudente en la tiniebla y con los
gatos": aquí la operación se retraduce en una fórmula
astutamente candorosa; la rima efectúa ese servicio (tal como aseguraba
Beaumarchais, aquello que sería tonto si lo dijéramos, adquiere
estatuto cuando lo cantamos). Las rimas de los Redondos son a veces más
riesgosas, menos previsibles: "Flacas gimnastas de América./
Secas, austeras, soviéticas". Otro de los grandes pasos consiste
en aproximarnos a la sorpresa, pasando rápidamente de la preguta
a la respuesta explosiva. "¿Qué es lo que ves cuando
apagás la luz?", pregunta el coro de "Una pequeña
ayuda de mis amigos" y Ringo contesta: "Lo sé, pero no
puedo decírtelo: es mío". En "Ropa sucia",
el mecanismo es familiar; en lugar de pregunta naïf y respuesta onanista
hay algo parecido al vampirismo: "¿Donde usas los dientes,
mi amor?/ Clavados en el cuello, por hoy".
Los lugares donde se producen estas exaltaciones han sido circundados
ya por la gran patrulla de reconocimiento del rock. Son los lugares de
los ritos de iniciación adolescentes, los lugares a los que uno
va a reiterar la esperanza de ser joven. La ciudad es la hipótesis
de otro encierro, la cárcel ("Preso en mi ciudad"). Del
lugar común del encierro urbano se puede pasar a una afirmación
casi axiomática, exacta después del condicional: "Si
esta cárcel sigue así/ todo preso es político".
Violencia de las transiciones y los canjes, la política está
representada por personajes: "motorpsico", "tecno duque",
"Superboca/ experto del re - mundo actual". La descarga irónica
reproduce en el lenguaje del tema el prefijo insistente. La amenaza real
o virtual se dirige a los lugares de concentración, por clubes
("El club de Mantis muy nervioso está/ esas hembras no son
dulces, no"; "los impacientes del Puticlub/ perdían el
tiempo y la salud"). La salvación por la paranoia (y el tópico
de la salvación es tan habitual en las letras de los Redondos como
en los tangos de Discépolo) vuelve a ubicarnos en el circuito protegido.
La jerga no afecta, no alardea de ser incomprensible. "Está
muy Shangai" es un guiño inmediato, a pesar de que la anbigüedad
oculte matices de precisión. La comprensión del código
por parte de los protegidos produce una hermandad sin mayúsculas,
sin Misterio, sin Hermenéutica. Los desechados, los descartados
aun como rehenes son "Rockeros bonitos, educaditos". (El diminutivo
suena amenazador, como en una pendencia, como cuando Luca entonaba "Un
seudopunkito, con el acento finito".)
Salvarse del terrible dolor, de la terrible máquina que homogeneiza
sufrimiento y aburrimiento, de la amenaza nocturna que obliga a apretar
los dientes para soportar el peso de tanta vocación de hipocresía,
es una tarea conjunta, sigue atada a las responsabilidades (vale decir,
a las capacidades de respuesta) de las bandas, las tribus organizadas,
fervorosas. El amor no queda invalidado si, en las pasiones, lo sádico
y lo cínico cuentan: no se trata de amor cortés, no se trata
de (de nuevo) de reiterar los emblemas del sesenta. "Yo te quisiera
asaltar/ te voy a atornillar,/ te voy a herir un poquito más"
("Superlógico"), "puede alguien decirme, me voy
a comer tu dolor/ Y repetirme: ¡Voy a salvarte esta noche!"
("El infierno está encantador esta noche").
Todo este pequeño universo, todo este gran universo, reducido a
la comprensión dramáticamente intelectual (programas de
radio, de T.V., mesas redondas sobre los jóvenes), en el mejor
de los casos, o vapuleado groseramente por intérpretes advenedizos
(locutores con patillas, chicas sin la respuesta, ujieres contrabandeados,
serviciales) encuentra expresión y veracidad en las letras de los
Redondos . No hay mera vindicación de la marginalidad, porque los
Redondos han dado muestras cabales de que su marginalidad es más
poderosa que muchas "popularidades". Hay que interpretar ese
signo que emiten, que cruza la pantalla y produce una pequeña colisión
(aunque, curiosamente, los Redondos no son habitués de las pantallas
oficiales). Esa colisión es capaz de traer un acento nuevo a la
conocida elocuencia del rock comentado por expertos. Por medio de un discurso
desarticulado, lleno de neologismos y onomatopeyas, los sentidos alcanzan
un sentido reciente, clamoroso. Un sentido que no tiene la coherencia
ideal que le exigirían los adeptos a una semántica dictatorial.
Más cerca de Humpty Dumpty o de la Duquesa que en Alice in Wonderland
dogmatizaba: "Take care of the sense, and the sounds will take care
of themselves" ("Ten cuidado con el sentido, y los sonidos se
cuidarán por sí mismos"), los Redondos recuperan de
una vez y para siempre en el rock nacional el acento del barrio.
Recuperar el acento del barrio no es poner los puntos sobre las íes
(aunque tampoco se trate de sacarlos). Nada de eso, nada de aclarar las
cosas (que es lo que quisieran los que quisieran encerrarnos; en ese punto,
la paranoia actúa mejor: celebra nuestras alarmas ahí donde
es imposible equivocarse). Las letras de los Redondos comparten con nosotros
un distrito del disturbio donde la felicidad no está alejada de
la belleza. Quien las hace no espera, no se detiene, no apuesta al halago
o a discreto soborno. Deja sus emociones ahí, muy cerca, al alcance
de la mano de quien quiera arriesgarse.
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